En realidad el título debería decir “…de mis pérdidas…” porque me pareció muy pretencioso después de haberlo escrito pensar o creer que “…las pérdidas…” en general tienen que ver con mis pérdidas, esto basándome en el hecho de que, con seguridad, cada uno debe valorar de diferente forma lo que lo rodea o, mejor aún, lo que conforma o sostiene su vida, por lo que, al momento de perder alguno de esos elementos, su reacción, sus sentimientos, su dolor, etcétera, deben ser diferentes y, por lo tanto, debe ser diferente la forma en que cada uno lidiará o encarará la o las pérdidas personales.
He tenido sin dudas muchas cosas que se han ido yendo de mi vida, tanto en lo físico como en lo psíquico y material obviamente, pero, a pesar de eso, todavía me cuesta asumir algunas, más que nada con respecto a lo que me rodea y no tanto a lo que llevo encima.
¿Cómo es esto?... Tengo —si se quiere— una edad avanzada, con desgaste físico por trabajo, descuido, vicios varios y otras cosas propias del devenir del tiempo que han ido minando mi salud psicológica, física, económica y más, pero, lentamente y a veces más rápido, he podido asumir esas pérdidas con el convencimiento de que debía pasar, era inevitable, retardable pero no inevitable y, por lo tanto, lo asumí con respeto de ese orden natural e inclusive hasta presumí y me reí de ello más de una vez.
Nunca me interesé demasiado en lo económico, preocupándome a veces porque hasta me consideré algo conformista más de una vez, pero después, y haciendo análisis de mi situación, me di cuenta de que también ese aspecto es similar a lo físico e inclusive a lo psíquico: tiene una etapa de desarrollo, crecimiento, un pico y una descendente, pasando todo por tomarlo de la misma forma en que se toma lo demás.
El problema más grave de mis pérdidas se dio desde siempre en lo sentimental o afectivo, en las partidas físicas de aquellos que me rodean, ya sea porque forman parte de mi vida o porque en algún momento formaron parte, mayormente porque no logro conciliar un par de ideas o algunas ideas que van desde el extremo de lo que hice hasta lo que pude hacer para evitar o al menos retrasar esas partidas que sé, sin ninguna duda, son inevitables porque son parte del ser humano, ya sea por vejez, enfermedad, azar o negligencia de terceros.
Una y mil veces analizo cada una, durante mucho tiempo, y me doy cuenta de que yo mismo podría haber dejado la vida intentando hacer más y más y más, pero el resultado hubiese sido exactamente el mismo y solo le habría agregado otros condimentos a la cuestión.
Entonces empecé a imaginar situaciones que tengan un inicio, un desarrollo y un desenlace ya predeterminado, como por ejemplo un hecho histórico cuyo inicio y final esté debidamente comprobado y que, sin importar los giros que se puedan dar a su desarrollo, el final va a ser inevitablemente el mismo; así pues, tenemos una situación que debe iniciar en el punto A y debe terminar en el punto B y dicha situación se trata de un poderoso objeto —al que llamaremos Y—, siendo transportado por Z y que va a causar el deceso del portador del mismo, o sea Z, en forma inevitable una vez que haya llegado a B; a esa situación agregaremos en forma compulsiva una variable o sujeto a quien llamaremos X, el cual no pertenece a la historia original; X se introduce en el camino de Y entre A y B, tratando de sustraerlo de la guarda de Z, apropiándose o evitando que llegue, pero, a pesar de que se suscitan un montón de circunstancias en las que interactúan X, Y y Z, ya sea porque en algún momento X logra apropiarse momentáneamente de Y, luego Z lo recupera, después se sucede lo contrario, van hacia un lado o hacia otro, luego para atrás y luego para adelante, suman tiempo, restan tiempo, aparecen personajes o cuestiones perimetrales, etc., pero invariablemente tanto X como Y y Z terminan en el punto B y, de la misma forma, Y acaba con la vida de Z tal y como lo marca la historia, es decir que la introducción de X en el desarrollo del evento, que ya es conocido cómo empieza y cómo termina, puede sumar o restar tiempo, agregar o quitar quizás un poco de dramatismo o sufrimiento, pero invariablemente el resultado será el mismo.
Entonces he llegado a la conclusión de que, a mis pérdidas al menos, debo encararlas desde ese punto de vista y haciendo un análisis de quién es quién en el esquema del dilema, cosa que, a mi forma de entender, cae por su propio peso: yo soy X... Cualquiera de las pérdidas sufridas, sin importar el grado de participación, hubiese tenido el mismo desenlace. ¿Pude sumar tiempo o tal vez restarlo, quitar dramatismo o sufrimiento?... No lo sé..., es algo que nadie, pero absolutamente nadie, puede despejar en la ecuación del dilema porque es meramente especulativo y depende en su momento de variables incomprobables, y debo conformarme con lo que di, lo que hice y lo que empíricamente puedo comprobar que hice bien y que hice mal, disfrutando de lo que hice bien y tratando de aprender a vivir con lo que yo entienda que hice mal sin dejarme influenciar por opiniones externas.