Se apaga la mirada en el espejo, la piel es ya un papel de ajado trazo, y el tiempo, como un frío y cruel reflejo, nos quita la memoria del abrazo.
Las voces se perdieron en el viento, la casa es un desierto de ceniza; ya no hay alivio para el sentimiento, ni rastro de una antigua y fiel sonrisa.
La soledad se sienta a nuestra mesa, compañera de sombras y de olvido, el peso de la ausencia nos apresa en este cuerpo roto y ya vencido.
Al fin vendrá la muerte, silenciosa, a cerrar este ciclo de amargura, dejando solo el polvo y una rosa bajo la paz de la tierra más pura.
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