Del cálido refugio del olvido, donde el silencio es paz y es mansedumbre, se desprende el ser, recién nacido, hacia la cruel y extraña pesadumbre.
Cruza el umbral de carne y de agonía para encender una luz que ya se apaga; nace el llanto que anuncia la elegía, el primer rastro de una antigua llaga.
Bienvenido al exilio de la vida, al hambre, a la fatiga y al quebranto; donde toda promesa es una herida y el tiempo se disuelve en el espanto.
Naces con manos llenas de vacío, listas para aferrarse a lo que muere; vienes a padecer el calor y el frío, y a amar aquello que después te hiere.
Te han arrojado a un mundo de ceniza, lejos de la absoluta inexistencia; donde la muerte, con su faz de brisa, va reclamando toda tu inocencia.
Es el bautismo de la voz doliente, el despertar a un sol que solo quema; la soledad se clava en tu frente como la marca de un eterno emblema.
Cada latido es solo una cuenta que te acerca al final del recorrido; nacer es una deuda que se inventa para pagar por no haber sido hundido.
Pobre criatura de ojos asustados, que al aire le robaste el primer grito; ya somos dos los seres condenados al breve espacio de lo que es finito.
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