No olvides, caminante atento, que la gloria es un segundo, un suspiro en el gran viento que recorre todo el mundo; la vida es solo un momento en este mar tan profundo.
Mira el oro y la belleza, mira el cetro y la corona, todo acaba en la bajeza que la tierra no perdona; muere igual la gran riqueza que la más humilde persona.
El reloj no se detiene, su arena es polvo de olvido, y aquel que más se previene halla el tiempo ya perdido; nada de lo que se tiene vuelve a ser lo que ya ha sido.
Tus pasos son el camino hacia el frío del osario, pues no hay fuerza ni destino que altere el itinerario; somos humo, somos vino derramado en el calvario.
La flor que hoy el sol alcanza y presume su color, perderá su confianza ante el marchito dolor; no hay en la carne esperanza que no venza el segador.
Vive con la muerte al lado, no por miedo, sino luz, pues lo que fue ya pasado lleva el peso de su cruz; recuerda lo sentenciado: pulvis eris, sombra y luz.
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